Una nueva concepción del capitalismo
Escrito por Imprensa, postado em 9 dEurope/London dezembro dEurope/London 2008
Cuando los Jefes de Estado de las veinte mayores economías del mundo se reúnen, tras decidirlo con poca antelación, como acaban de hacer en Washington, D.C., no cabe duda de la gravedad de la actual crisis mundial. No han decidido gran cosa, excepto pedir una mayor vigilancia y reglamentación de las corrientes financieras. Más importante es que se comprometieran a lanzar un proceso duradero para reformar el sistema monetario internacional.
Naturalmente, los que soñaban con un segundo Bretton Woods quedaron decepcionados, pero el marco original de Bretton Woods no se construyó en un día; de hecho, la conferencia de 1944 fue precedida de dos años y medio de negociaciones preparatorias, lo que probablemente sea el mínimo necesario para decidir sobre cuestiones tan importantes. La reciente cumbre del G-20 se celebró sin apenas labor preliminar verdadera.
Ahora hay que abordar tres tareas. En primer lugar, hay que poner un suelo bajo el sistema financiero internacional para detener su desplome. En segundo lugar, se necesitan nuevas reglamentaciones, una vez que reviva el sistema, porque, si sigue igual, no dejará de producir nuevas crisis. No será fácil encontrar la combinación idónea. Durante 25 años, el mundo ha experimentado una enorme crisis financiera cada cinco años, cada una de ellas con su propia causa, aparentemente.
La tercera tarea es la de centrarse en la actividad económica real, poner fin a la recesión, mantener el crecimiento y sobre todo reformar el sistema capitalista para que dependa menos de las finanzas. Hay que apoyar las inversiones a largo plazo, en lugar de los beneficios a corto plazo, y la labor productiva, en lugar de ganancias en papel.
La primera tarea ya está en marcha, pero, aunque los Estados Unidos y algunos países europeos han avanzado mucho hacia el restablecimiento de la capacidad de préstamo de los bancos, puede no ser suficiente. Al fin y al cabo, para que la economía vuelva a crecer, los bancos necesitan prestatarios, pero la recesión ha movido a los empresarios a reducir sus inversiones.
La segunda tarea no ha concluido. Las discrepancias sobre cómo volver a reglamentar los mercados financieros son profundas, en vista de los innumerables tabúes existentes al respecto y los enormes intereses que están en juego. Además, no puede haber un acuerdo amplio en el que no se tenga en cuenta la relación entre las finanzas y la economía real.
El problema esencial para abordar la tercera tarea es el de averiguar exactamente lo que está ocurriendo en la economía real. Algunos Estados (Islandia y Hungría) están claramente en quiebra. Otros simplemente afrontan una situación financiera peligrosa (Dinamarca, España y otros). Su crisis financiera es la causa principal de su debilidad.
Todos esos problemas son difíciles de resolver, porque llevan mucho tiempo pudriéndose. Ahora resulta cada vez más evidente que la crisis actual tiene sus raíces en febrero de 1971, cuando el Presidente de los EE.UU., Richard Nixon, decidió acabar con la circulación entre el dólar y el oro. Hasta aquel momento, la promesa de los Estados Unidos de mantener el patrón-oro era la base para el sistema mundial de tipos de cambio fijos, núcleo del marco de Bretton Woods. Durante los 27 años que duró, un crecimiento enorme del comercio internacional, apoyado por una fijación de precios carente de volatilidad, fue la norma y las grandes crisis financieras brillaron por su ausencia.
Desde entonces, el sistema financiero internacional se ha caracterizado por una gran volatilidad. La época de flotación de los tipos de cambio que siguió al fin del patrón-oro requirió el desarrollo de productos que pudieran proteger el comercio internacional de la volatilidad de los precios. Así se abrió la vía para las opciones, la compra y venta a crédito y los derivados de todas clases.
Se consideró que esas innovaciones eran logros técnicos. Se estabilizaron (en la mayoría de los casos) los precios, pero con una tendencia lenta, pero continua, al alza. El mercado de esos productos financieros creció a lo largo de treinta años hasta el punto de que brindó enormes oportunidades de ganancia inmediata, lo que brindó un fuerte incentivo para que los participantes en los mercados apostaran con ellos cada vez más.
Durante esa época, el capitalismo -caracterizado por el éxito y la fluidez entre 1945 y 1975 (gran crecimiento sostenido, escaso desempleo y sin crisis financieras) – se debilitó. Mediante los fondos de pensiones, los fondos de inversión y los fondos de cobertura, los accionistas se organizaron bien y tomaron el poder en las empresas de los países desarrollados. A consecuencia de su presión, cada vez más procesos fueron “externalizados”.
En términos reales, los salarios dejaron de subir (de hecho, el salario medio real ha estado estancado durante 25 años en los EE.UU.) y un porcentaje cada vez mayor de la mano de obra (actualmente, el 15 por ciento, aproximadamente) careció de empleo fijo. En todas partes, la participación de los salarios y de la renta empezó a reducirse como proporción del PIB. A consecuencia de ello, el consumo se debilitó, el empleo eventual aumentó y el desempleo dejó de disminuir.
En semejantes circunstancias, las clases medias altas de los países desarrollados se pusieron a buscar cada vez más ganancias de capital en lugar de mejorar su nivel de vida mediante trabajo productivo. Así se fomentó la desigualdad y se propició la toma del poder en toda la economía por parte de un sistema financiero insuficientemente reglamentado, lo que desestabilizó la economía real al debilitar fatalmente su capacidad para reaccionar ante las sacudidas exteriores.
La crisis actual señala el fin del crecimiento económico alimentado sólo con el crédito, pero deshacer el nudo que un altivo sector financiero ha atado en torno a la economía requerirá tiempo. De hecho, aún no hay consenso sobre la necesidad de hacerlo. Sin embargo, el G-20 ha abierto la vía para el examen de esas cuestiones fundamentales. La recesión actual será larga, pero obligará a todo el mundo a examinar sus causas primordiales.
Michel Rocard, ex Primer Ministro de Francia y dirigente del Partido Socialista, es diputado al Parlamento Europeo.











