América latina está fracturada
Escrito por Rodrigo Medeiros, postado em 23 dEurope/London novembro dEurope/London 2007
Clarín, 22/11/2007
El balance de la última Cumbre Iberoamericana quedó banalizado por el episodio entre el rey de España y el presidente Hugo Chávez. Es necesario ahondar la mirada y calibrar la confrontación de modelos que divide a la región.
Por: Carlos Pérez Llana
EXPERTO EN RELACIONES INTERNACIONALES (UNIV. DI TELLA Y SIGLO 21)
Desafortunadamente la XVII Cumbre Iberoamericana pasará a la historia como el evento de los desencuentros y no se la recordará como un aporte a la homogeneización social, una empresa pendiente en América latina que figuraba como tema central de la convocatoria.
Inicio y final estuvieron marcados por las diferencias: el conflicto argentino uruguayo, en torno a las papeleras y el contrapunto político entre Chávez y el rey de España. Comunicacionalmente hablando, no existió otra agenda y la mayoría de las crónicas tratan de explicar por qué Tabaré Vazquez impartió en plena Cumbre la orden de funcionamiento a Botnia y por qué Chávez se lanzó contra el gobierno y la corona española.
Más allá de las razones que pudieron inspirar esas conductas, se impone una lectura desapasionada y objetiva que permita extraer conclusiones a la hora del balance de la reunión de Santiago.
Una primera aproximación alude a lo que se puso de manifiesto. Y aquí se destacan fracturas e inutilidades. En el Mercosur quedó en evidencia que la mitad de sus miembros, Argentina y Uruguay, es incapaz de dialogar. Podrá ser un proyecto comercial, pero el espíritu fundacional era otro y de aquella impronta casi ni se observan vestigios. Políticamente hablando, en el Cono Sur la fractura es inocultable. Sin duda resultó prematuro apelar al rey de España en esta instancia ya que en el futuro nadie se involucrará como mediador.
La segunda fractura alude a toda la región. Existe un bloque “petrogasífero y populista”, integrado por Venezuela, Ecuador y Bolivia acompañados por gobiernos “ideológicamente intensivos” que están haciendo la transición del marxismo al populismo: Nicaragua y Cuba. Este bloque se aglutina en torno al nacionalismo, al antiamericanismo y a la antiglobalización. El líder es Chávez y todos sus miembros se caracterizan por el escaso apego a la construcción de instituciones y por un acendrado espíritu reeleccionista, y adhieren a la idea de un capitalismo de Estado que excluye, desde el vamos, a la inversión extranjera. Claro está que esto sólo es viable gracias a la renta energética.
El segundo bloque está integrado por gobiernos cercanos al ideal socialdemócrata en su versión regional. Uruguay, Chile, Perú y Brasil expresan una sensibilidad social ajena al populismo, respetan las instituciones y desarrollan políticas exteriores que compatibilizan, en la globalización, necesidades y posibilidades.
En la Cumbre, paradójicamente el debate quedó en manos del bloque populista y de una España que representó a la vertiente “capitalista” de la globalización, en razón de la notoria presencia de capitales hispanos en América latina, atraídos por las políticas privatistas que la región abrazó en los 90. El bloque socialdemócrata optó por la prudencia y por la defensa ex-post de España.
En el orden de las inutilidades se destaca el fracaso del multilateralismo. Desde un sano realismo debe reconocerse que la región está dividida y esa discordancia es difícil de superar en la medida que son visiones diferentes del mundo, de la sociedad y de la economía. Por esa razón los procesos de integración regional crujen y el fantasma de la carrera armamentista renace.
Comprensiblemente el iberoamericanismo, una vieja idea de la diplomacia española concebida al servicio de la potenciación de un bloque económico/cultural y de los intereses de las empresas españolas que aprovecharon más rápidamente que otras las oportunidades noventistas, ha perdido viabilidad y poco sentido tiene prolongar inercialmente estas Cumbres que lejos de unir dividen.
Decididamente se impone una reflexión acerca de la utilidad de este tipo de encuentros, de la misma forma que Francia debe revisar la francofonía en Africa.
Finalmente, el último capítulo del balance. La presidente chilena Bachelet, que como organizadora bien pudo haber obtenido dividendos políticos, resultó superada por los acontecimientos en el tumulto de la Cumbre, si bien su ministro de Relaciones Exteriores alcanzó a salvar lo salvable. El rey de España, internamente acosado por republicanos antimonárquicos, capitalizó el nacionalismo hispano obligando a partidos y sectores a salir en su defensa.
Para concluir: el gobierno brasileño inteligentemente optó por un bajo perfil. Claro está que desde Brasilia el presidente Lula mira a la Península Ibérica desde otra perspectiva: hace muy poco tiempo Europa le concedió al Brasil el ansiado status de “socio estratégico”.










